Reportaje semanal

La tragedia oculta de las pensiones que no se heredan

CON LAS MANOS VACÍAS

 

María quedó viuda y no tiene una pensión. Su marido murió cuando le faltaban ocho años para jubilar, después de haber trabajado más de la mitad de su vida. Ernesto nunca tuvo vacaciones ni quiso volver a Valparaíso antes de jubilar. Iba a volver para quedarse, pero el corazón se le rompió una tarde de un domingo cuando trabajaba horas extraordinarias en una empresa de aseo.

Después de la tragedia y el entierro, su esposa y los hijos se enteraron de que Ernesto se había ido, definitivamente, sin saberlo, con las manos vacías.

Todos los años de trabajo se habían perdido ya que nadie podía heredar el esfuerzo inhumano que Ernesto había guardado en los sueños de la pensión. Nadie le dijo, ni en la calle, ni en el trabajo, que debía firmar unos papeles que le llegaban constantemente del sindicato y los seguros, para “heredar” sus imposiciones y la pensión a su mujer o a los hijos. Un simple trámite burocrático que nunca hizo, por vivir demasiado rápido. María no tiene, ahora, ningún derecho sobre las imposiciones de su marido y quedó desamparada del apoyo económico del hombre que compartió gran parte de su vida. 

“Ha venido una avalancha de esta problemática de las pensiones, en los últimos años, especialmente con las reformas de este gobierno liberal. Los inmigrantes, en muchos casos, han perdido el norte de la brújula y no se han dado cuenta que el crecer en Suecia no lo mismo que crecer en Latinoamérica. Es realmente una tragedia. Llegamos a este país para suplir una enorme necesidad de incrementar las cajas previsionales y en el mercado de las posibilidades de hace 30 años fuimos un grupo ideal. Éramos todos jóvenes, pensábamos en forma progresista, hubo personas con muchos estudios y todos respetábamos el sindicato y los principios democráticos. En nuestro grupo no venía una tremenda masa de viejos ni de inválidos, pero no supimos aprender las diferencias y de eso se ha aprovechado el sistema sueco”, dijo Max  Acuña, un experto en pensiones y seguros, que ha trabajado 25 años con familias latinoamericanas en la empresa Folksam de Estocolmo.

“Veníamos salvando el pellejo y no cuestionamos los cambios que se dieron. Pero ahora, cuando lo estamos viendo en carne propia, nos damos cuenta que hay una tremenda diferencia entre el haber tenido el asilo político según la convención de Ginebra, el asilo humanitario o el de reunificación familiar. Y todo esto tiene que ver con la redistribución de los capitales previsionales. Todo hecho cuando llegamos, pero ahora se han cambiado las reglas de juego y, sin lugar a dudas, hemos salido perdiendo”, dijo Max Acuña a Incumbencia.

“Ahora se habla por ejemplo, en el sistema nuevo, de una pensión de garantía para el que no tiene el refugio político, o que tiene que haber vivido 40 años en el país, entre muchas otras cosas y que la gran mayoría ignora o no entiende”, enfatizó el experto del Folksam, quien fue también uno de los primeros refugiados chilenos que llegaron hace 35 años a Suecia, huyendo de la dictadura militar.

“Allí estábamos acostumbrados a otros tipos de leyes. Nuestros grandes enemigos fuimos nosotros mismos. Llegamos con una predisposición que nos daba nuestra cultura y nuestra forma de pensar. Si miramos minuciosamente el sistema chileno y Latinoamericano, tenemos avances importantes con respecto a Suecia en los aspectos previsionales. Teníamos allí, la idea, de que en un fallecimiento o en la pérdida de un ser querido, cuando moría el padre, por ejemplo, la familia quedaba siempre protegida, por una pensión de viudez, montepío u orfandad. Pero resulta que aquí esas cosas no funcionan de la misma manera, y nosotros nos fuimos quedando, creyendo que funcionaban”, explicó Acuña.

El piensa que muchos “traían el chip mal programado” y no se han preocupado por lo que ocurrirá con la familia cuando el padre o la madre, que trabajan demasiado, mueran repentinamente antes de jubilar.

“Yo le he dicho  en la cara a una mujer de 60 años, en una de mis charlas: si tu te mueres ahora, nadie, absolutamente nadie, hereda o recibe tu pensión por la que has trabajado mas de 25 años. No lo creen. Ellos piensan que la familia está completamente protegida. Me he encontrado con hombres que han tenido empresas, que han logrado tremendos ingresos, y que la pensión que tienen es igual a la de la mujer que trabajó el mismo tiempo haciendo el aseo en un hospital. Ellos tienen la misma pensión porque nadie les explicó que para calcular las pensiones, existe un techo”, dijo Max Acuña.

El problema es grave y se mantiene “en reserva” para los extranjeros, los que en su mayoría desconocen las reglas. “La pensión tiene un tope, 7,5 monto básico, lo que significan aproximadamente 300.000 coronas. Hay muchos que ganan mas de medio millón de coronas, se matan trabajando, creyendo que a un mejor sueldo, van a tener una pensión mas alta. No es así, lamentablemente”, confesó Acuña.

Destaco que la gente debe preocuparse, por su cuenta, de los seguros y las leyes previsionales, si no quiere llegar al final, con las manos vacías. “Cuando recién comencé a trabajar- confidenció Max Acuña – le pregunté a una familia chilena si se interesaba en los seguros. Ellos me dijeron que los seguros eran patrimonio de una clase opresora, el rico y el terrateniente debían asegurarse, que podían asegurar ellos si solo tenían el pellejo. Nadie tenía allá seguro de casa, con todos los terremotos y no había nadie que pensara en los seguros. Se caía la casa y la volvían a levantar. Esa misma mentalidad tenían muchos cuando llegaron. Miles de los nuestros han pagado un alto precio. Cuando se muere el padre, que ha trabajado como un bruto, haciendo aseo y perdiendo la oportunidad de estar con sus hijos, creyendo que iba a tener una mejor pensión, se desata una tragedia doble en esa familia: nadie puede heredar nada, no hay montepío, no hay pensión de viudez, ni orfandad, nada”, denunció con tristeza, Max Acuña.

El piensa que no sale a cuenta trabajar demasiado. Que se pagan más impuestos y al final, no se recupera nada. También cree que los suecos lo saben pero “no se interesan mucho en advertirnos”.

“Dos y tres generaciones nuestras han pagado los errores. Es hora de ponernos al día antes de que sea demasiado tarde”, dijo él a Incumbencia.

Max Acuña habla claro y sin “pelos en la lengua” y le ha tocado ver y vivir muchos casos dramáticos en su larga experiencia de consejero previsional. “Hay gente que sale llorando de mi oficina cuando le confirmamos que su pensión es de 1.500 coronas mensuales. Otros que vienen de la Caja del Seguro Social, donde un burócrata lo ha dejado sin sueldo. Nunca pensamos que este país nos tenía exigencias que nos iban a costar la salud. El hacer escalas, trabajar en los restaurantes y salir afuera a la calle con el cuerpo solo protegido con una camiseta, a mediodía, en la noche, en los frigoríficos, en las construcciones. Son miles y miles, especialmente refugiados latinoamericanos, que están reventados y se están muriendo”, dijo Max Acuña.

En la ciudad vieja de Estocolmo (Gamla Stan) – según Acuña – hay grupos de latinoamericanos, especialmente colombianos que trabajan en construcciones que tienen asbesto. Muchos de ellos, son los mismos que no van a poder heredar absolutamente nada a sus familias y se van a ir con las manos vacías. 

Patricio Villarroel /Incumbencia

 

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