Editorial

El Premio Nobel de la guerra

El año que termina se puede denominar el año de la crisis, de la epidemia o de la guerra, según como se mire.  Pero en todo caso no fue un año definitorio. A pocos días de terminar diciembre no es difícil comprobar que todo siguió más o menos como estaba al empezar el año.

La crisis financiera ha sido y es aún fuerte, pero ya se está superando, tanto que los pronósticos indican una muy factible recuperación de la economía mundial dentro de un año. Pero mucho más rápido llegó la desilusión para quienes creyeron que el golpe de la crisis iba a tener consecuencias en un cambio del mundo financiero. Es cierto que pasaron algunas semanas en las cuales se hablaba en todos los foros internacionales y en los medios de prensa sobre la necesidad de cambios profundos para que el sistema financiero no continuara siendo una vulgar ruleta de casino, donde el capital acumulado por el trabajo pudiese  desaparecer en una sola noche y enriquecer a un atrevido especulador.  Pero estos discursos solamente cumplían el papel de justificar que los contribuyentes de todos los países terminaran pagando la cuenta de los banqueros.

Luego que nuestros impuestos pasaron a las bóvedas de los bancos, se acabó el ímpetu reformador y el sistema financiero sigue igual o peor que antes.  Nadie habla ahora de cambios.

La epidemia de la gripe también acaparó la atención mundial y por momentos parecía como si una terrible mortandad se cernía sobre el planeta.  Una peste no es novedad en el mundo y quizás hemos heredado un reflejo instintivo de actuar como la manada ante el peligro, moviéndose en conjunto y siguiendo a un líder.  De poco sirvió que se intentara recordar que  la epidemia de gripe estaba causando la muerte de unas decenas cuando hay miles, decenas de miles y centenares de miles que mueren más cotidianamente por causas tan primarias como la falta de agua potable o simplemente de desnutrición.  Ninguna epidemia de gripe será tan letal como estas epidemias sociales,  sin embargo el mundo sólo ha sido capaz de afrontar con éxito la gripe. 

La gripe ya fue derrotada como epidemia este año y quienes producen las vacunas, guantes, pomitos con alcohol y cualquier otro adminículo apropiado para mantener una correcta higiene, están esperando con emoción la próxima epidemia, como esperan los vendedores de la feria anual del pueblo,  que las ventas del siguiente año sean mejores que el anterior. 

“Sin novedad en el frente” se podría decir tanto en Iraq y Afganistán, como en la castigada Palestina y en general en todo foco de guerra de trascendencia mundial donde inevitablemente están implicados directa o indirectamente tanto USA como la UE. Al finalizar el 2009 no ha variado en nada la tragedia que viven las poblaciones que los países de mayor desarrollo económico (y militar) aseguran haber liberado de la opresión, ya sea religiosa o política. 

Tampoco ha cambiado en absoluto el hecho que, a la sombra de estas guerras, los negocios crecen y se multiplican, como por ejemplo respecto al petróleo iraquí, que antes de la invasión estaba estatizado y que ahora se ha entregado a diversas empresas privadas.  

La invasión sigue adelante a pesar que ahora está suficientemente esclarecido que Sadam Hussein ni tenía vínculos con Al Quaida, ni menos aun tenía en su poder las armas de destrucción masiva que se le atribuían.  

Por cierto no era un demócrata y, como se ha dicho,  tenía estatizado el petróleo, lo cual brinda argumentos a quienes afirman que el verdadero objetivo de la invasión era instaurar un gobierno amigo de USA y acabar con la estatización del petróleo.

Este año también se esperó, de enero a diciembre, que el nuevo presidente de USA, Obama, diera  el paso histórico de retirarse de Afganistán e Iraq.  Lo único que se puede sacar en claro es que la elección de Obama no ha sido ninguna revolución, y que la guerra sigue con más fuerza ahora que Obama, “el hombre del cambio”,  está enviando 30 mil soldados más a Afganistán.

En Latinoamérica sí han ocurrido cambios, con el fortalecimiento multitudinario de Evo Morales en Bolivia, la elección de presedentes que no siguen los dictados de Washington en El Salvador y Uruguay y la reelección de Rafael Correa en el Ecuador. 

Pero no ha ocurrido cambio alguno en la política de USA en lo que considera su patio trasero. Luego del fracaso del golpe en Venezuela hace unos años, volvió a intentarlo, esta vez con éxito, inspirando con disimulo el golpe de estado en Honduras, para luego terminar dándole un apoyo abierto a los golpistas, con lo cual se deja el camino libre a nuevos golpes de estado. La especial zafiedad de Michelett parece ser un símbolo de que cualquiera (literalmente) puede atreverse a todo si tiene la bendición de la Casa Blanca.

Para terminar el año, la guerra, en el traje de Barack Obama, también se hizo presente en los salones más exquisitos, y lo hizo nada menos que para recibir el Premio Nobel de la Paz, otorgado por la comisión del parlamento noruego que está a cargo de esta designación.

Que el comandante en jefe de un ejército que está invadiendo un par de países al otro lado del mundo, reciba un premio de la Paz puede sonar complicado solamente para quienes han olvidado que este mismo premio ha sido ya antes otorgado a tipos como Henry Kissinger. 

Mientras en ese mismo instante sus soldados estaban ametrallando a alguien o sus aviones estaban lanzando una bomba en algún lado, Barack Obama encandilaba a reyes, princesas, corte, políticos y periodistas, con un bello discurso agradeciendo el premio y en el cual establecía su opinión sobre cuales son los requisitos para hacer una guerra y matar gente en forma justa. 

Barack Obama no sólo es presidente sino también comandante en jefe de un ejército que, obviamente, tiene por objetivo destruir al enemigo.  Nunca quedó claro si a su papel de comandante se refería cuando confesó humildemente en ese discurso que aún había hecho muy poco para merecer el premio.

 

 

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